
Ayer comenzamos el ciclo Nuri Bilge Ceylan con la película Los climas (İklimler, 2006), una de las obras más reconocidas del cineasta turco contemporáneo.La película sigue la historia de Isa, un profesor universitario de arquitectura, y Bahár, su pareja más joven. A través de las estaciones del año —verano, otoño e invierno— Ceylan retrata el proceso de deterioro emocional y ruptura amorosa entre ambos.
Más que una historia romántica convencional, Los climas es una exploración de los estados interiores del ser humano y de las distancias que se abren entre las personas.
Algunos de los amigos que nos acompañaron en la proyección no vieron la metáfora de las estaciones en relación con el estado emocional de la pareja, para mí y para la crítica el título Los climas no alude solo a las estaciones del año, sino a los climas emocionales de los personajes:
.Verano: luminoso, pero asfixiante; donde la pareja se encuentra en un punto muerto. La luz intensa subraya la incomodidad y el tedio.
-Otoño: melancolía y soledad; el regreso de Isa a su rutina resalta la vacuidad de su vida sin Bahar.
-Invierno: frío y distancia emocional, donde el reencuentro sugiere una imposibilidad de conexión auténtica.
Por tanto Ceylan utiliza las estaciones como estructura narrativa y psicológica, haciendo visible el paso del tiempo y la evolución (o inmovilidad) de los sentimientos.
Ceylan, que además de dirigir se encarga de la fotografía junto con Gökhan Tiryaki, usa una imagen contemplativa, con planos largos y silencios elocuentes. Uso del silencio: el sonido ambiente reemplaza al diálogo, dando protagonismo a la expresión facial y corporal. Paisaje como reflejo interno: el entorno natural (playas secas, ciudades grises, montañas nevadas) es un espejo emocional. Minimalismo narrativo: la historia avanza más por la percepción y las atmósferas que por la acción explícita.
La estética de la película puede recuerdar a Tarkovski, Antonioni o Bergman, pero con una identidad muy turca: la soledad en los espacios cotidianos, el ritmo lento y la poesía visual que convierte lo común en trascendente .Isa (interpretado por el propio Ceylan): intelectual, egocéntrico, incapaz de conectar emocionalmente. Representa al hombre que busca control incluso en sus relaciones. Bahár (Ebru Ceylan, esposa del director): sensible, silenciosa, víctima de una relación asimétrica. Su evolución encarna el paso a la independencia emocional. La relación entre ambos se construye a partir de elipsis, miradas y gestos más que de palabras. La película sugiere que las rupturas muchas veces no ocurren en un momento concreto, sino que se consumen lentamente.
Los temas principales de la película a debate pueden ser los siguientes:Incomunicación: los protagonistas hablan poco y sienten mucho, pero sin lograr expresarlo. Soledad y alienación: tanto en el amor como en el entorno social y laboral.Tiempo y cambio: el tiempo estacional como metáfora del desgaste emocional.Autoconocimiento: en la pérdida y el vacío, los personajes se enfrentan a sí mismos. Los climas se sitúa entre sus primeras obras intimistas (Uzak, 2002) y sus filmes posteriores más complejos y dialogados (Érase una vez en Anatolia, Winter Sleep).
Los climas es una película sobre lo inevitable del cambio emocional y la incomprensión dentro del amor. Con su ritmo pausado, Ceylan captura los silencios, los gestos mínimos y la distancia creciente entre dos seres humanos atrapados en sus propias estaciones internas. Es un cine de contemplación que invita al espectador a sentir el paso del tiempo, el silencio y la pérdida —un retrato profundamente humano y universal.
Podéis hacer vuestras opiniones insertando un comentario. Os recuerdo que el día 19 proyectaremos LEJANO, otra obra de interés de Ceylan que espero os guste.
Nuri Bilge Ceylan es un director de cine y fotógrafo turco (nacido el 26 de enero de 1959 en Bakırköy, Estambul, está casado con la actriz y escritora Ebru Ceylan) Es una de las voces más importantes del cine turco actual y uno de los directores más reconocidos. Su filmografía se ha difundido alrededor del mundo, a través de los grandes festivales internacionales.
El cine de Nuri Belgi Ceylan es cine contemplativo, que concede gran importancia a la imagen, pero sin otro fin que en el de ahondar en las profundidades del espíritu humano.
Químico y eléctrico, estos estudios ingenieriles de Nuri Bilge Ceylan se convierten en adjetivos perfectos para describir el dinamismo vigorizante de un cine que en otras manos sería plúmbeo, y que en las suyas contiene autenticidad a raudales: sus personajes son verdaderos seres humanos, y sus conflictos son universales, aunque transcurran en escenarios exóticos de su país, Turquía.
Como una esponja, Ceylan sabe calar a las personas que le rodean, y confiesa que algunos tipos de sus filmes se inspiran en parientes u otras personas con las que ha convivido en algún momento de su vida. No sin motivo cita el director a Ingmar Bergman como a uno de sus directores favoritos, pues como él cuida con esmero el mapa humano de sus filmes.
El cineasta nació en Estambul en 1959, e inició Ingeniería Química en 1976 en la Universidad Politécnica de Estambul, e Ingeniería Eléctrica en 1978 en la Universidad de Bogaziçi. Eran épocas de turbulentas revueltas estudiantiles en que se desarrolló su afición a la fototografía, leyendo numerosos manuales, no sólo demostró intuición y gusto en sus instantáneas, sino que se formó técnicamente. Se apuntaría a cursos de cine, y se convirtió en devorador de películas en proyecciones de la Sociedad Cinematográfica, como antes lo había hecho en Estambul. No se conformaría con eso, sino que acabó matriculándose en Cinematografía en la Universidad Mimar Sinan, que acabó dejando tras dos años de estudio, trabajar como fotógrafo profesional le comía tiempo, era ya
hora de rodar, de modo que intervino como ayudante de producción en un cortometraje de su amigo Mehmet Erylmaz.
El inquieto Ceylan vio mundo en 1985 viajando a Londres y Katmandú. El servicio militar en su país, 18 meses nada menos, también le dio una interesa óptica de distintas capas sociales de su país. También se advierte su amplia formación cultural, conoce bien la literatura, el teatro, el cine y la televisión. El cineasta enseguida descolló por su talento, pues su primer corto, Kozan, fue el primero de su país en ser seleccionado en Cannes. Desde ese año, 1993, el Festival de festivales mimaría al cineasta hasta coronarle con la Palma de Oro en Cannes en 2014 por Sueño de invierno.
Pues antes paseó por la Croisette para ofrecer Lejano (2002), que fue premiada por la interpretación de sus dos protagonistas; era la culminación de su “trilogía provinciana”, compuesta también por Kasaba (1997), Mayis Sikintisi (1999). En estos títulos, a modo de artista renacentista, Ceylan se ocupa de todo: guión, dirección, fotografía, montaje, sonido, dirección artística…
De su filmografía también fueron premiadas Tres monos (2008) –mejor realización– y Érase una vez en Anatolia (2011) –Gran Premio del Jurado. En estas películas, y en Sueño de invierno, el
guión lo ha coescrito con su esposa Ebru Ceylan, a la que concede gran importancia en su obra, su alto nivel de exigencia resulta muy estimulante para superarse en el trabajo.
La formación inicial de Ceylan como fotógrafo se nota inmediatamente en la subyugante belleza de las imágenes de sus películas, de una exquisitez que nunca es preciosismo gratuito, y que
apoyada en el tempo, los sonidos, las interpretaciones, ayuda a entregar historias que nunca se antojan ajenas al espectador.
José María Aresté.
“Algo grave ocurrió aquí y ni ellos mismos pueden justificarse. El principio de autoridad ha desaparecido y los canallas obran a sus anchas”. Se cumplen 70 años desde el estreno de la emblemática película «Conspiración de silencio» (1955), dirigida por John Sturges. Una mezcla de western, thriller y noir que también puede ser leída como un análisis, evidentemente crítico, del clima social y político que se vivía durante la Guerra Fría, así como de la angustia social que era característica en los años ‘50.
La década de 1950 fue un periodo marcado por la polarización ideológica. La Guerra Fría instaló un ambiente de desconfianza que alcanzaba todos los aspectos de la vida cotidiana de los norteamericanos. El miedo al comunismo, alimentado por el macartismo, derivó en una atmósfera donde la vigilancia y la delación eran frecuentes. En este contexto, “Conspiración de silencio” (cuyo título original es “Bad Day at Black Rock”) es un reflejo de esas tensiones, que analiza el silencio cómplice y el encubrimiento de verdades incómodas.
La trama se centra en John J. Macreedy (intensa interpretación de Spencer Tracy) un veterano de la Segunda Guerra Mundial que llega hasta el pueblo aislado de Black Rock para investigar el paradero de un hombre de origen japonés que ha desaparecido. A medida que avanza la historia, tiene que enfrentar la creciente hostilidad de los lugareños, que están dispuestos a proteger un oscuro secreto relacionado con la guerra y el racismo.
El principal acierto del film tiene que ver con su atmósfera tensa, que refleja el conflicto interno entre el deber moral y la conveniencia personal, propio de esos años. Macreedy busca la verdad en un entorno donde el silencio prima a la confrontación. En ese sentido, su viaje es tanto físico como moral: afronta a los pueblerinos, pero también tiene que hacerse cargo de sus propios fantasmas.
La película aborda temas como el miedo y las consecuencias del silencio ante las injusticias. En una época donde muchos optaron por callar para evitar represalias, Sturges desarrolla un relato que cuestiona ese “mirar para otro lado”. La hostilidad de los habitantes de Black Rock simboliza el miedo colectivo de una sociedad atrapada en la conformidad y en el terror. Sturges crea un ambiente opresivo que refuerza esa sensación de claustrofobia social.
Independientemente de sus alusiones al contexto histórico y social, “Conspiración de silencio” es una obra maestra en términos formales. El cinemascope y el eastmancolor, utilizados por Sturges, permiten dos cosas. Mostrar el desértico pueblo de una manera muy vívida, al punto que el espectador casi puede sentir el calor y el viento. Y, en las escenas interiores, incluir en el mismo plano a muchos personajes a la vez, lo que refuerza la intensidad dramática.
Por otra parte, las actuaciones son impresionantes. Aunque Tracy es el que sobresale en su construcción de un héroe solitario que enfrenta la corrupción, los secundarios están perfectos. Robert Ryan, Ernest Borgnine y Lee Marvin encarnan a parte de la población del pueblo, que quiere sacarse de encima a Macreedy, ya que temen que su investigación saque a la luz un terrible crimen cometido durante los años de la guerra. “Aquí sospechamos de todos los forasteros. Un resabio del viejo Oeste”, le dice Reno, el personaje de Robert Ryan, al investigador.
La película tiene muchas escenas antológicas, pero ninguna es tan potente como aquella en la cual Coley Trimble (Ernest Borgnine) incita a Macreedy a pelear. Están en un bar y lo provoca varias veces, hasta que este (que es manco) se ve obligado a reaccionar y lo vence rápidamente, a través de certeros golpes de karate, ante la sorpresa de los demás.
Para el crítico Edward Buscombe, “ambientada en un árido paisaje de western, que el cinemascope resalta, y filmada en color, la mayor parte a pleno y cegador sol, ‘Conspiración de silencio’ forma parte de los muchos grandes western de Sturges, como ‘Fort Bravo’ y ‘Duelo de titanes’. A pesar de su apariencia, es en realidad un film noir, con su historia de un pasado lleno de oscuros secretos”.
Children of men. Hijos o niños de los hombres. Título intencionadamente excluyente del género femenino, por algo será, probablemente Alfonso Cuarón así lo quiso, y porque sin duda y sin ánimo de spoiler, el futuro esperanzador de la humanidad tiene nombre de mujer, de niña africana en este caso.
Una película de hace veinte años (2006) que a la vista de hoy apenas tiene nada de ciencia ficción, pues la persecución, encarcelamiento en jaulas, expulsión, maltrato sistemático y muerte de las personas inmigrantes en cualquier parte del mundo, especialmente en la Norteamérica del criminal Trump, superan las imágenes que Cuarón nos muestra en ese Londres xenófobo y violento de 2027.
Hay tanto que decir y mucho que reflexionar ante esta cinta que nos interpela en cada una de las secuencias; desde la cínica, descreída y resignada posición del ex militante revolucionario que encarna Clive Owen, ¿qué harías tú en su situación?, pasando por el ejemplar y magnífico personaje Jasper, que encarna Michael Caine y cuya presencia y acciones me parecen esenciales para entender el discurso de Cuarón en este filme, pues estoy en total desacuerdo con lo que nos comenta el filósofo Zizek que menosprecia y se burla de este viejo hippy cuando lo que yo veo es un hombre íntegro que ha conseguido construir su Arcadia feliz a salvo del violento y criminal mundo exterior, que cuida de su mujer y de quienes requieren auxilio, que cultiva un huerto, con marihuana, si, con la que comercia y consigue salvar vidas. Por lo tanto nada de ingenuo e inútil personaje. Y me parece un acierto emotivo y vibrante, utilizar las canciones de los Rolling (Ruby Tuesday) y el guiño a los Beatles con la marihuana de sabor a fresa strawberry. (Strawberry filds forever). Ambas canciones nos hablan de una evasión vigorosa y consciente, cerrar los ojos para no ver el mal que nos rodea, pero a la vez mantenerlos abiertos para defendernos.
En mi opinión Cuarón localiza la acción del film en Londres como una suerte de justicia poética; quiere que veamos la capital de lo que fue un Gran Imperio, devastada, bombardeada, corroída por la miseria moral y la corrupción. Esa Gran Bretaña que secularmente ha ejercido el dominio absoluto y violento sobre “sus colonias”, apoderándose de los bienes y las riquezas ajenas, saqueando y esclavizando a sus habitantes, robando bienes culturales (magistral la escena del mega rico coleccionista de arte), condecorando caballero a un pirata como Francis Drake, por poner un ejemplo. Pues bien, Londres en 2027 prueba su propia medicina convirtiéndose en una ciudad sin ley, amenazada y destruida por saqueadores de todo pelaje, los mismos musulmanes o pakistaníes a quienes Gran Bretaña sometió en un reciente pasado, tienen ahora en sus manos la “justa” venganza.
Y en lo que se refiere a la metáfora final, el barco “Tomorrow” (“Mañana) tampoco estoy de acuerdo con Zizek cuando habla del desarraigo, de presentar ese barco flotante y viajero como una imagen opuesta a la tierra firme con sus raíces. En absoluto. La imagen del navío, sobre todo en nuestra cultura mediterránea, viene a hablarnos de futuro, de intercambio, de comercio, de conocimiento de otras culturas y otras lenguas. Miles de años de viajes fluviales y marítimos para en ocasiones encontrar otra tierra donde enraizarnos, pero también para regresar a nuestra patria chica. En absoluto es una metáfora del desarraigo sino, más bien al contrario de búsqueda de tierra firme, o de otro mundo mejor que sea posible.
carmen