Franquismo, transición, democracia, integración europea, crisis financiera… España ha vivido grandes cambios en las últimas décadas. Sin embargo, bajo esas transformaciones económicas y políticas habría persistido una misma red de poder formada por políticos, tecnócratas, banqueros y grandes empresarios, capaz de adaptarse a cada etapa para mantener su influencia. Este ensayo nos cuenta su historia como una mirada alternativa al siglo XX y XXI en España.
¿Y si detrás de cada gran cambio político en España hubieran permanecido casi siempre los mismos intereses?
Esa es la tesis de Las élites que dominan España, de Andrés Villena Oliver: una historia del país contada no como una sucesión de gobiernos y rupturas, sino como la continuidad de una red de poder formada por políticos, altos funcionarios, tecnócratas, banqueros, empresarios y grandes medios. Un entramado que atraviesa dictadura, transición y democracia adaptándose a cada época sin perder el control de lo esencial.
No se trata de una conspiración en la sombra, sino de algo mucho más reconocible: nombres, instituciones y trayectorias concretas. Ministerios, bancos, consejos de administración, despachos, organismos públicos y redacciones donde, durante décadas, las mismas familias, perfiles técnicos y círculos profesionales se entrelazan y vuelven a coincidir. Puertas giratorias, alianzas discretas y decisiones tomadas en espacios poco visibles que acaban marcando el rumbo del país.
El relato arranca en la posguerra. En los años cuarenta, la economía autárquica funciona como un sistema de reparto: mientras la mayoría sobrevive en la escasez, una minoría vinculada al régimen —banca, grandes propietarios, industriales cercanos al poder— consolida posiciones y acumula influencia. Es en ese momento empiezan a fijarse las conexiones entre Estado y capital que marcarán las décadas siguientes.
A finales de los cincuenta llega el primer gran giro. Los tecnócratas sustituyen el discurso ideológico por el lenguaje de la eficiencia. Con el Plan de Estabilización de 1959 abren la economía, atraen inversión y conectan España con el exterior. Cambia el modelo, pero no quién ocupa los lugares clave: el poder se reorganiza, no se redistribuye.
En los últimos años del franquismo y durante la Transición se produce el relevo. Economistas, altos funcionarios y profesionales formados dentro del propio Estado toman posiciones. La democracia se construye sobre acuerdos que permiten el cambio político, pero mantienen buena parte de las redes económicas y administrativas. Más que una ruptura, es reconfiguración del sistema.
Con los gobiernos de Felipe González, España se moderniza y entra en Europa. Al mismo tiempo, se consolida una nueva alianza entre política, banca, grandes empresas y medios de comunicación. Privatizaciones, crecimiento y nuevos grupos empresariales refuerzan un ecosistema en el que lo público y lo privado se vuelve cada vez más indisociable.
Los noventa y los dos mil llevan ese modelo al límite. Expansión inmobiliaria, crédito fácil, grandes constructoras, bancos creciendo dentro y fuera del país. El éxito económico se convierte en relato dominante, mientras se acumulan riesgos bajo la superficie. El sistema parece sólido, pero descansa sobre equilibrios frágiles.
La crisis de 2008 rompe esa imagen. Quiebras, rescates, recortes y descontento social abren una grieta. Sin embargo, el libro sostiene que incluso ese momento de ruptura no desmonta la red, sino que la obliga a reajustarse: nuevos partidos, nuevas caras y nuevos discursos conviven con la continuidad de los mismos circuitos de decisión, ahora más vinculados a Bruselas y a los grandes fondos internacionales.
Las élites que describe Villena comparten tres rasgos que atraviesan todo el periodo: una red de poder en la que circulan políticos, altos funcionarios y tecnócratas que entran y salen de la administración y la empresa; el peso central del capital, especialmente la banca; y un relato que, en cada momento histórico, presenta sus decisiones como necesarias para garantizar la estabilidad o evitar el colapso.
El resultado es una mirada incómoda y muy concreta de la España contemporánea: no solo quién gobierna, sino quién decide, quién influye y quién permanece cuando todo lo demás cambia. Una historia de continuidad bajo la apariencia de cambio, que plantea una pregunta de fondo: cuando un país se transforma a la fuera, ¿quién consigue que el poder real siga ocupando, casi siempre, los mismos lugares?
DATOS RELEVANTES:Andrés Villena Oliver es un economista, sociólogo, profesor universitario y ensayista español especializado en el estudio crítico del poder, político y económico, y las élites en España. Su trabajo combina investigación académica, análisis sociopolítico y divulgación.
Las élites que dominan España es un ensayo exhaustivo y divulgativo que analiza la constitución de las élites administrativas y económicas en España y su papel en la toma de decisiones políticas y el funcionamiento de la democracia. La obra tiene un gran potencial audiovisual porque propone una lectura alternativa de la historia reciente de España, perfecta para una serie documental que combine investigación histórica, archivo audiovisual y testimonios que ayuden a explicar cómo funciona realmente el poder. El hilo conductor de las élites que se reinventan continuamente ofrece un relato claro y atractivo para el espectador.
En las estanterías de los supermercados, el sistema capitalista oculta con esmero lo que la
teoría feminista lleva décadas denunciando en los cuerpos de las mujeres: la fragmentación y la
cosificación.
Lo que para el consumidor medio es un «filete de primera» o un «cartón de leche
desnatada», para la teórica ecofeminista Carol J. Adams es, en realidad, “proteína
feminizada”. Este concepto, que hoy resuena con fuerza en los debates colectivos del
ecofeminismo en el Estado español, nos recuerda que la ganadería industrial no es un
entramado neutral, sino una maquinaria biopolítica que explota de forma sistemática los ciclos
reproductivos, la leche y los óvulos de las hembras no humanas. Vacas lecheras y gallinas
ponedoras sufren una dominación patriarcal extrema: son sometidas a inseminaciones
artificiales forzadas obligatorias, preñeces consecutivas y a la separación traumática e
inmediata de sus crías para que la producción láctea no se detenga. Es la reducción absoluta
del cuerpo vivo a una mera fábrica biológica orientada al consumo.
12 hombres sin piedad sigue siendo una lección casi insolente de grandeza cinematográfica. Sidney Lumet demuestra, en su ópera prima, que basta una habitación cerrada, doce hombres sudando prejuicios y una duda razonable para construir una de las películas más intensas, humanas y moralmente poderosas de la historia del cine. Estrenada en 1957 y nacida del impulso de Henry Fonda y Reginald Rose, la película no solo plantea un juicio: examina la conciencia. Porque, detrás de ese jurado obligado a decidir sobre la vida de un muchacho, lo que verdaderamente se sienta en el banquillo es la comodidad del prejuicio, la cobardía de la masa y la difícil valentía de pensar en soledad
Esta ópera prima de un Sidney Lumet ya curtido en el mundo de la televisión nace como una apuesta del productor y protagonista, nuestro querido jurado nº 8, Henry Fonda, quien, a pesar de que la cinta no fue un grandísimo éxito de taquilla, afirmaba que era una de las mejores películas que había hecho. Hoy nadie puede decir lo contrario, pues estamos ante una maravillosa película, se mire por donde se mire. Un Sidney Lumet, por cierto, que llega a oídos de Fonda porque tenía fama de cumplir con el presupuesto y con los plazos de producción.
Nos enfrentamos a un filme cuyo primer y principal impacto en el espectador del siglo veintiuno es el poder descubrir lo que el cine una vez fue, y para el espectador algo más canónico, el devolverle la fe en el séptimo arte. Y lo hace simplificando lo complejo, tanto a nivel de guion como de puesta en escena e interpretación:
A nivel de guion, porque es capaz, en noventa y cinco minutos, de plantear una cuestión moral de inmensa profundidad, debatirla y resolverla; con ese espíritu americano que un día a todos nos inspiró ansias de libertad y esa inocencia propia de los hombres de bien.
Un hombre sólo frente a la unanimidad de prejuicios, frente al peso de un sistema judicial lleno de taras. Un hombre que se atreve a hacerse preguntas en una búsqueda de la verdad que desdeña y somete el protocolo. Y así, cada uno de los otros miembros del jurado se van viendo forzados a enfrentar la realidad de su vida e incluso la posibilidad de que, quizás, estaban condenando a muerte a un chico inocente.
Y aunque todos los personajes que forman parte de este jurado serían dignos de una página o más, destaca entre ellos el interpretado por Lee J. Cobb.
La construcción de este personaje a lo largo de la trama es sencillamente magistral, con un final maravilloso, todo ello sobre las alas de la excelencia interpretativa del actor.
La magia de Lumet se pone de manifiesto en una puesta en escena sencillamente deliciosa, que logra mantener un ritmo perfecto y una tensión digna de una sinfonía de Bach, a pesar de que prácticamente toda la película transcurre en una sala diminuta.
La técnica en el uso de la escala de planos, junto con una fantástica dirección de fotografía, atraen la atención del espectador y la mantienen sin agotarla, aunque no por ello sin hacernos pasar momentos de altísima tensión, recompensados, eso sí, con momentos de respiro perfectamente calculados.
La simbología de los picados y contra picados y la ley de la mirada destacan para el ojo avizor.
El realizador comenzó así su carrera en el cine con una auténtica obra maestra, y ha seguido deleitándonos desde entones. Muchas gracias señor Fonda, por habernos hecho conocer a Sidney Lumet en la gran pantalla.
Lo mejor de la película, además de Charlotte Gainsbourg, es que muestra bien la complejidad del problema.
Desde el punto de vista estrictamente penal, condenar al chico requiere, como dijo su abogado en su alegato final, la convicción «más allá de toda duda razonable» de que, siendo consciente de que no eran consentidas por la chica, él forzó la felación y llevó a cabo la penetración vaginal.
Como prueba de cargo, poco más hay que el testimonio de ella. ¿Es eso suficiente? En España, el testimonio de la víctima como única prueba de cargo se admite para condenar cuando en ese testimonio: (1) no se aprecia incredibilidad subjetiva, es decir, no se aprecian factores que puedan motivarlo con intención espuria, como resentimiento, inquina anterior o deseo de venganza; (2) se aprecia coherencia objetiva del relato, es lógico, no incurre en contradicciones esenciales, la descripción de los hechos resulta creíble, posible e incluso probable para una persona media normal; (3) hay persistencia en la incriminación, la víctima mantiene la misma versión desde el primer momento, cuanto más inmediato a los hechos mejor, hasta el juicio.
Evidentemente, ayudan a la convicción del tribunal para condenar las corroboraciones externas, como partes médicos, informes psicológicos, testigos indirectos, comunicaciones intercambiadas, etc.
Por cierto, en España las agresiones sexuales no son juzgadas por jurado popular sino por tribunal profesional.
¿Es suficiente lo que muestra la película para formar una convicción, más allá de toda duda razonable, de que el chico agredió sexualmente a la chica? Eso ya, cada cual.
Y sí, he leído el libro de Clara Serra, de hecho varias veces, porque tiene mucha enjundia, muchos matices. Tantos, que puede servir para sacar conclusiones diversas, incluso opuestas, dependiendo de quién lo lea.
En titulares y sin espacio ni tiempo para una reseña profunda, que sería siempre polémica, porque el libro se presta a ello, me quedo con la complejidad del sexo y del problema del consentimiento.
La práctica de sexo es compleja, a veces oscura, a veces violenta. El deseo es inescrutable y volátil en el tiempo, incluso en el tiempo corto.
La estructura ambiental, las relaciones de poder, son decisivas.
¿La expresión de un sí demuestra inequívocamente consentimiento?, ¿o puede ser más bien una mera cesión a una presión, concreta o ambiental?, ¿y un sí ya no es revocable, siquiera a los 15 segundos, por deseo esfumado o por lo que sea?, ¿se requiere un no explícito para acreditar ausencia de consentimiento o cabe que ese no sea imposible de expresar por miedo o intimidación?, ¿y no es inherente a la práctica del sexo el no sé, voy a ir viendo?
Muchas preguntas complejas sin respuesta clara. Lo que escribía al principio, un problema complejo.