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01 PM | 07 Nov

LAS CARTAS ENTRE TRUFFAUT Y GODARD

EL PASADO JUEVES DESPUÉS DE TERMINAR LA PROYECCIÓN DE «EL AMOR EN FUGA» SURGIÓ LA CONTROVERSIA ENTRE GODARD Y TRUFFAU EN EL AÑO 73. REPRODUCIMOS LAS CARTAS PARA UN MAYOR ENTENDIMIENTO DEL CONFLICO.

 

Godard prepara la filmación de Sin aliento (1960), con la ayuda de Truffaut, quien no solamente le da la idea para la película sino que revisa completamente el guion.

El siguiente intercambio epistolar eleva a niveles inauditos el pleito entre dos creadores emparentados no sólo por el arte sino por una duradera amistad. La reciente proyección de Le livre d’image (2018) de Godard en Cannes plantea el sentido de su legado humano y artístico, al igual que estas cartas sobre las que vale la pena volver.

Tal vez François está muerto, tal vez yo estoy vivo. 
No hay diferencia, no.
—Jean-Luc Godard

Dentro de la abundante correspondencia de François Truffaut que se ha publicado hasta la fecha, hay un par de cartas que sorprenden por la violencia de su tono y sus fuertes revelaciones acerca del mundo cinematográfico. Si bien no se habla mucho de ellas, a juzgar por su virulencia y animosidad, las misivas marcaron un precedente importante en la trayectoria de la Nueva Ola francesa y sellaron la ruptura definitiva entre Truffaut y Jean-Luc Godard, sus fundadores.

Hay que tener en cuenta que ambos directores tenían una estrecha relación forjada durante más de veinte años antes del momento en que se escriben las cartas. Primero se manifestaron juntos como cinéfilos entusiastas —se conocieron en la adolescencia, durante la proyección de una película de Röhmer en el barrio latino—, luego como críticos y militantes de la cultura —fervientes manifestantes en el renombrado caso “Langlois” en 1968— , y finalmente como íconos de uno de los movimientos más revolucionarios en la historia de la cinematografía.

El momento preciso de las cartas, fechadas en mayo de 1973, retrata una fricción singular: Truffaut acaba de ganar el Oscar a mejor película extranjera por La Noche Americana. Jean-Luc Godard vive una fase de su carrera en la cual todas sus producciones están politizadas, marcadas por su compromiso militante con la extrema izquierda (pasa del comunismo al maoísmo) y por su idea de romper con el relato cinematográfico, demasiado burgués y autocomplaciente. Truffaut, en cambio, cree en la participación política (financia y distribuye periódicos panfletarios de izquierda, se hace presente en las manifestaciones) pero la separa de sus creaciones. La oposición entre ambos no puede ser mayor.

El estilo epistolar de Godard es descuidado, agudo y afanoso (si se quiere, poético). Esto hace que algunas palabras extrañen un poco por su disparidad. De hecho, se percibe su laconismo y moderación, ya presente en sus textos críticos de Los cuadernos del cine. Por el contrario, en la prosa de Truffaut se evidencia, a pesar de la molestia, una organización argumentativa (que fluctúa entre la esfera profesional y personal) y un discurso claro, afectivo y elegante. Pocos cineastas pueden preciarse de escribir como él.

Desgraciadamente, la larga extensión de la carta de Truffaut obliga a una selección. La traducción intenta conservar y/o adaptar, en la medida de lo posible, las expresiones de los textos originales en francés.

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10 AM | 25 Oct

SÉNECA EN LA BODEGA, EL MARTES CON PEDRO A.PLASENCIA, SU AUTOR

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04 PM | 23 Oct

BAISERS VOLÉS

BAISERS VOLÉS

Ayer nos acompañaron alumnos de la escuela de idiomas de nuestro pueblo. Hacemos un pequeño comentario para abrir un hilo.

Antoine y Colette se filmó en el año 62 y es la segunda película realizada en torno al personaje Antoine Doinel tras “Los 400 golpes”. Se incluye en un proyecto común de varios realizadores cercanos a la “Nouvelle vague”, titulado “Amor a los veinte años”. Es imposible no acordarse de uno mismo con 20 años (o menos). Sentimientos no correspondidos y enterarte  te dan calabazas con un tercero. De eso va este pequeño mediometraje, con referencias musicales Berlioz-Brasens. Siempre quise asistir a la “salle Pleyel” por ser citada en uno de los libros de texto cuando yo estudiaba francés. Un buen arranque, sin duda, para ver BESOS ROBADOS.

Fue su séptimo largometraje, y nominada al Oscar a mejor película en habla no inglesa. Realizada en el 67-68, se reprochó a Truffaut no implicarse en el mayo francés, sin embargo en la película hay un momento en el que se ve un cartel de cerrado en “La cinemathèque française” en homenaje a Henri Langlois. La película comienza con la canción “que reste til nous amours” de Charlet Trenet, llamados por algunos, el padre de la canción francesa, con un concierto, según dicen las crónicas, muy emotivo en el Olympia en el año 75. La película desarrolla  el conflicto sinceridad-cotidianidad, y Doinel se mueve en un entorno de inestabilidad, trabajando en oficios diversos. Hay escenas surrealistas como el envío de cartas postales, y el encuentro final con un extraño personaje. El toque literario se produce con la lectura de Balzac y su obra “Lirio del Valle”. Hay una escena frente al espejo genial, evocando el amor de Fabian Tabard, siendo memorable todo el desarrollo entre cortesía y tacto. Recomiendo ver en algunas de las plataformas disponibles Jules y Jim, Vivamente domingo o el pequeño salvaje.

Nosotros seguiremos el próximo jueves con DOMICILIO CONYUGAL, recién casado con Christine, trata de conseguir dinero viviendo flores, mientras ella da clases de violín.

FELIX

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08 PM | 21 Oct

Las tribulaciones del millonario estoico. EL MARTES 27 HABLAMOS DE SÉNECA

Las tribulaciones del millonario estoico

Los nuevos centuriones del triunfo ofrecen desde sus tribunas virtuales técnicas infalibles para tomar las riendas de tu vida. La mala noticia es que es mentira

Fernando Vicente
Irene Vallejo    irene vallejo

Érase una vez la disciplina. El trono del esfuerzo. Madruga, haz ejercicio, invierte, explota tu mejor versión, adiestra tu cuerpo y mente para ser invulnerable. Esculpe la realidad con el cincel de tus pensamientos. En nombre de la filosofía estoica, con un repertorio de citas de Marco Aurelio siempre a punto, los nuevos centuriones del triunfo —hoy sin túnica ni camiseta— ofrecen desde sus tribunas virtuales consignas, vídeos, cursos, libros y conferencias con técnicas infalibles para tomar las riendas de tu vida. No lo dudes, eres jinete de las adversidades, capitán de tu destino. Por suerte es verdad; la mala noticia es que también es mentira. Los genuinos estoicos griegos y romanos insistían en distinguir entre lo que podemos controlar y lo que escapa de nuestras manos: los logros de la voluntad se equilibran con el peso de las circunstancias —salud, dinero, apoyos—. Aquellos filósofos antiguos exaltaban, es cierto, el trabajo interior. Pero no prometían que triunfarías, prometían que el éxito te daría igual. Fortalecimiento, resignación y esfuerzo eran los ingredientes de su receta para alcanzar el sosiego: “Hay que abstenerse de buscar riquezas fuera de uno mismo”.

La contradicción estoica es tan antigua como la vida de Séneca. Nacido en Corduba, hoy Córdoba, en los albores de nuestra era, fue uno de los primeros provincianos que logró el rango de cónsul. No escaló desde la pobreza a la cumbre. Empezó desde arriba, con el trampolín de una familia rica y bien situada, como la mayoría de triunfadores. En la antigua Roma, el clientelismo movía todos los resortes. Conquistar el éxito requería ambición, mucho dinero y la protección de grandes personajes.

Séneca predicaba un evangelio de autotransformación y contención de los deseos. Afirmaba que no es rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Pero la enorme fortuna que acumuló menguaba su credibilidad como estoico y predicador de austeridades. Su tratado De vita beata recoge algunos ataques de sus críticos: “¿Por qué hablas con más energía que vives? ¿Por qué tu mujer lleva en las orejas la renta de una casa suntuosa? ¿Por qué tienes posesiones allende del mar, más de las que conoces?“. Séneca respondía que un sabio es digno en su pobreza, pero también sabe usar bien una gran fortuna —cuando no queda otro remedio—. En sus escritos, intentó armonizar la filosofía con su profesión de político y opulento favorito, sin llegar nunca a resolver la lucha entre lo pensado y lo vivido.

Los esclavos que pertenecían a Séneca y los inquilinos de sus muchas haciendas tendrían, hay que suponer, opiniones más informadas sobre el tener poco y trabajar mucho. Ya Aristóteles escribió en su Política que “todas las revoluciones giran en torno al problema de la propiedad”. Se diría que el magnate estoico no captaba la ironía —tan evidente y chirriante para todos los demás— de elogiar la disciplina, el arduo trabajo y el esfuerzo tenaz mientras escalaba como terrateniente rentista y consejero mimado del emperador, bienvenido a todas sus redes y prebendas. Cuando aconsejaba desapego y frugalidad, cuando recomendaba ejercitarse en la pobreza una vez a la semana comiendo un mendrugo de pan tosco —lo que hoy llamamos ayuno intermitente— y durmiendo en el suelo, cómo no iban a tomárselo a guasa sus contemporáneos.

En cambio, otro famoso estoico, Epicteto, conocía las aristas más cortantes de la vida. Fue muchos años esclavo en Roma, y su amo lo dejó lisiado en una de sus palizas. Cuando logró la libertad, vivió en una casa humilde, enseñando a un pequeño grupo de alumnos en qué consiste la serenidad, hasta que lo forzaron a exiliarse. En sus conferencias solía explicar que no podemos tener un corazón alegre si nuestras mentes son un afligido caldero de temor y ambición. Con cuánta facilidad nos deslumbran —añadía— los cargos, los títulos, los honores, las posesiones, la ropa cara. Anhelantes de todo eso, nos esclavizamos y explotamos a los demás. Entramos en una lógica que nos aprisiona y encadena a los que nos rodean. Epicteto defendía que, si deseas sosiego interior, ánimo apaciguado y libertad perdurable, deberás privarte de la riqueza y el poder. El mismo mensaje de Séneca, pero afilado por la congruencia vital.

Cuando miramos al pasado, solemos seleccionar aquello que nos conviene, pequeñas porciones, lecturas interesadas. Nuestros legionarios del éxito han tomado de aquellos filósofos solo la idea de salvarnos a solas, el trabajo sobre uno mismo, la búsqueda de una felicidad individual. En la quiebra de los ideales colectivos, convierten al yo en un único punto de apoyo. Esa lectura egocéntrica del estoicismo se ajusta al ideal narcisista de nuestro tiempo, un solipsismo que quiere romper las formas de solidaridad y comunidad. Tal vez porque saben bien que, con esos lazos colectivos, se tejen las redes de resistencia y apoyo mutuo.

En su novela Todo un hombre, Tom Wolfe sigue los pasos de Charlie Croker, un magnate inmobiliario que debe más de mil millones de dólares a los bancos, pero se niega a creer que su imperio pueda desmantelarse por una nimiedad así. Él no es un perdedor. En el camino de Croker se cruza Conrad Hensley, un fugitivo desarraigado e idealista. En sus conversaciones le da a conocer la filosofía estoica, que descubrió en la biblioteca penitenciaria. Convierte al promotor inmobiliario a la doctrina de la renuncia y la resistencia. Charlie, en bancarrota, decide explorar la vía del gurú de la autorrealización. Un viejo conocido del incombustible tiburón de los negocios comenta: “Parece que a Croker le va bien otra vez. Va hablando de un tal Epic…nosequé. Es dinamita. Está a punto de firmar un acuerdo con la Fox para un programa que va a llamarse La hora del estoico». Ese estoicismo con más pose que poso se convierte en la nueva fórmula de éxito de Croker. Wolfe anticipa la última vuelta de tuerca: hacer dinero —muchísimo dinero— comerciando con una filosofía nacida para combatir la codicia y sus turbulencias.

 

 

 

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